TEMA
Toda sociedad se encuentra atravesada por múltiples tensiones y
antagonismos que pueden o no manifestarse de manera violenta y armada,
entre diferentes actores sociales y sus intereses. El conflicto social
tiene su origen en la disputa por recursos escasos, poder, estatus e
incluso por determinados esquemas de pensamiento, con lo cual el
conflicto deviene ideológico. Esta disputa puede darse bajo un marco
común de valores o bajo sistemas normativos mutuamente excluyentes, lo
cual aporta un matiz sociocultural muy importante que hay que tener
presente en el análisis del conflicto. El conflicto es, pues, inherente a
la sociedad.
En el caso particular de nuestro país resulta evidente la existencia de
una serie de problemas de orden social cuya solución no se vislumbra a
corto plazo, y que están en estrecha relación con el surgimiento y
desarrollo de los más heterogéneos procesos conflictivos. Algunos de
ellos son:
• La inequitativa distribución de la tierra, que no ha podido ser
superada por los pretendidos intentos de reforma agraria realizados en
el país, lo que ha conducido a la concentración de amplias extensiones
de tierra por parte de una “clase” o sector social minoritario. Esta
forma injusta de distribución de la tierra tiene profundas consecuencias
tanto sociales, económicas y políticas, cuya permanencia y exacerbación
dan cuenta de la escasez e ineficacia de las políticas públicas con
proyección social en el país.
• Las condiciones de vida de numerosos grupos étnicos, que con
frecuencia se ven librados a la desigual confrontación con empresas
privadas nacionales y transnacionales, así como al fuego cruzado entre
los actores del conflicto armado. Tanto en uno como en otro caso, la
dimensión territorial de los conflictos aflora, enfrentando esquemas de
valores muy diferentes: por un lado, una ligazón cultural con la tierra
y, por el otro, o bien un vínculo meramente utilitario que se rige
solamente por el interés económico y la apropiación individualizada, o
bien una pretensión no menos utilitaria de dominio y control armado del
territorio. Todo esto ha de considerarse, no obstante, tomando las
debidas precauciones para no caer en una idealización romántica de lo
que se percibe como el lado “débil” del conflicto.
• El conflicto armado, que ya se ha hecho crónico en nuestro país, y que
arrastra tras de sí una enmarañada historia de violaciones a los
derechos humanos y negociaciones fallidas.
• El desempleo, la pobreza y la violencia urbana, problemas que aquejan
cada vez con mayor intensidad a las grandes ciudades del país.
• La escasa libertad política, que a veces se nos presenta bajo el
disfraz seductor de la democracia. Este no es un problema que pueda
solucionarse solamente a través de disposiciones legales e
institucionales, sino que implica también una dimensión cultural y
política cuyas raíces deban buscarse acaso en la lejanía de nuestra
propia historia social.
Dichos problemas tienen lugar en el marco de un conflicto interno que
pone en juego estructuras de desigualdad social, objetivos colectivos
contrapuestos y demandas que pugnan por el cambio social y la
reestructuración de determinados órdenes establecidos.
Es en este panorama donde surgen múltiples manifestaciones de
resistencia, entendidas como estrategias que desarrollan diferentes
actores en situación de vulnerabilidad o de sometimiento para la
consecución de sus fines. Dichas manifestaciones ponen en evidencia que
las estructuras de poder que se entretejen en medio del conflicto y sus
dinámicas sociales no se imponen de manera absoluta sobre los sujetos.
De tal manera el poder, lejos de constituir una negación de la
resistencia, es su origen mismo, su ambiente y condición necesaria. Esto
no quiere decir, sin embargo, que en todo lugar donde haya poder tenga
que expresarse necesariamente una resistencia, pero puede afirmarse que
ella se encuentra siempre allí como posibilidad, como “subjetividad
excedente” que el poder no termina de “objetivar”.
Con la resistencia el sujeto rompe la aparente fatalidad que lo
obligaría a sucumbir pasivamente a las estrategias y condiciones del
poder y asume su capacidad para liderar cambios, construir sujetos
colectivos, desnaturalizar vínculos opresivos, transformar experiencias
de dominación y desigualdad social y recuperar o construir formas de
organización propias.
En el contexto colombiano encontramos, por ejemplo, diversos procesos
sociales y organizativos que giran en torno al conflicto y sus
consecuencias, procesos que han ido tomando forma a lo largo de las
últimas décadas y cuyas cristalizaciones actuales podemos ver en
diferentes movimientos sociales y acciones colectivas, que dan cuenta,
entre otras cosas, de una labor activa de control político efectuado
desde distintos sectores de la sociedad. Es el caso del movimiento
estudiantil, que a través de los años ha levantado su voz para exigir el
derecho a una educación digna para toda la población, de las continuas y
fuertes luchas llevadas a cabo por el movimiento indígena en defensa de
su identidad, cultura y territorio o de las luchas campesinas que han
hecho de su lema un objetivo legítimo: la tierra para quien la trabaja.
Tales reivindicaciones, como muchas otras que se podrían nombrar, se
constituyen a partir de dos dimensiones estrechamente relacionadas:
identidad y memoria.
La identidad, que aquí leemos en clave de las referencias comunes que
pueden existir entre dos o más individuos, ha permitido que en muchas
ocasiones sujetos de las más diversas raíces sociales se congreguen y
decidan activar en conjunto una serie de estrategias para defender u
obtener los derechos que les permitan disfrutar de una vida digna
ejerciendo su autonomía. Sin embargo, esta coincidencia, esta comunión
de intereses, no es espontánea o contingente, pues la capacidad de los
sujetos para organizarse se encuentra determinada por los hechos
singulares y concretos, propios y compartidos, que los han constituido.
Por eso, el presente como momento histórico, como actualización
constante del pasado que lo posibilita, requiere de la memoria para
potenciarse. De ahí que no haya identidad sin memoria.
Pero todas estas luchas se dan, además, en un territorio que emerge, más
que como el espacio físico en donde perviven o conviven los sujetos,
como la materialización de las relaciones dialécticas entre estos y el
espacio. Así, el territorio es tanto campo de interacción entre los
sujetos como espacio de reconfiguración de los mismos, en otras
palabras, una estructura estructurante.
Es así como en el ámbito de las ciencias sociales, el territorio,
inicialmente concebido como un problema que concernía casi
exclusivamente al Estado, empieza, a partir de las reivindicaciones de
los grupos urbanos, étnicos y campesinos, a ser tratado como algo que
involucra también lógicas subjetivas y culturales de construcción,
resignificación y apropiación del espacio por parte de los grupos que lo
habitan. Aparece así el territorio como espacio político, en tanto los
procesos que en él se desenvuelven se encuentran atravesados por
relaciones de poder asimétricas que pueden propiciar climas de
hostilidad y confrontación entre las diferentes fuerzas presentes en la
sociedad. Esto explica, por lo demás, que el control del espacio, su
territorialización, sea arduamente disputado por todo tipo de actores,
tanto públicos, privados, locales, nacionales, como transnacionales,
bajo pretensiones de legalidad o mediante la fuerza bruta de las armas.
Así pues, y en consonancia con los elementos anteriormente reseñados,
consideramos pertinente abordar el tema de conflictos y resistencias a
partir de tres categorías fundamentales: territorio, identidad y acción
colectiva, según la siguiente división temática por ejes, mesas de
trabajo y subtemas:
1. TERRITORIO, TERRITORIALIZACIÓN, PODER y ECONOMÍA
Mesas de trabajo:
A. Conflicto armado y violencia
• Territorialidad y conflicto armado
• Desplazamiento forzado y desposesión
• Situación actual del conflicto
B. Formas de apropiación, distribución y organización social del
territorio
• Ordenamiento territorial, políticas públicas, democracia y ciudadanía
• Globalización, modelos de desarrollo y desigualdad social
• Recursos naturales, medio ambiente y formas de acumulación
• Estructura agraria en Colombia, reformas y contrarreformas
• Espacialidades rural y urbana
C. Identidad y territorio
• Conflicto, cultura y territorio
• Estado, territorio y nación
2. IDENTIDAD Y DINÁMICAS SOCIOCULTURALES
Mesas de trabajo:
A. Historia y memoria
B. Identidades: sexual, étnica, de género, de clase, entre otras.
C. Conflicto e interculturalidad
3. ACCIÓN COLECTIVA Y RESISTENCIA
Mesas de trabajo:
A. Movimientos sociales y procesos de organización colectiva para la
resistencia
• Movilización social y acción colectiva frente a la globalización, la
pobreza y la exclusión social
B. Procesos de resistencia y medios de comunicación
• Redes sociales y movilización
• Medios comunitarios y alternativos
C. Resistencia no organizada
• Resistencia en la cotidianidad
• Resistencia a través del arte
D. El Estado y la resistencia social
• Resistencia armada, Estado y negociación del conflicto
• Estado, contrapoderes y resistencia
4. OTRAS PROPUESTAS
Si bien el conflicto social y la resistencia representan los temas
centrales del congreso, consideramos importante abrir un espacio para
reflexionar sobre otras temáticas, perspectivas metodológicas y
teóricas, que permitan entre otras cosas dimensionar algunas tendencias
de la investigación social en el país.